Malala Yousafzai: la chica que despierta orgullo de ser mujer

Una mujer que desde sus primeros años se dejó encaminar hacia la bondad y la paz, en un país en el que las guerras eran ya cuestión natural y en el que la educación para las mujeres era más una utopía que un sueño probable.

Malala nació el doce de julio de 1997 en Pakistán, y a los tan solo trece años era ya una bloguera encubierta para la BBC bajo el seudónimo de Gul Makai, llenando un espacio virtual con críticas y denuncias sobre un gobierno que, además de inequitativo y machista, era violento y restrictivo, y con el que ella, claramente, no se sentía a gusto.

Imagen: flickr.com

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Parece ser que siente que nació siendo una guerrera, que el nombre que le fue dado desde la cuna la hace mucho más allá de lo que ella pudiera aceptar, y que su destino sí estaba realmente dado aunque ella no lo supiera: Dentro de la cultura oral pakistaní, existe el relato de una pequeña jovencita que incitó a las tropas locales a dar guerra a los ingleses en tiempos de conquistas territoriales, reforzándoles la moral de batalla a través de un grito que lanzó cuando su gente se empezaba a retirar, despavorida, viendo lo mejor armados que estaban los enemigos y las pocas posibilidades que había de ganar: ”Es mejor vivir un solo día como un león, que cien como un esclavo”. Malalai, es el nombre de esta pequeña, que fue el que le pasaron a la ahora Nobel de Paz más jóven de la historia.

Es hija de Toorpekai y Ziauddin Yousafzai, un hombre que sintió siempre que su camino estaba al lado de las escuelas, de los pequeños, y de la educación, y fue el hombre que guió a la pequeña Malala, desde sus inicios, a ser la grandiosa mujer que es ahora.

Los libros y el conocimiento jamás le fueron ajenos, pero sabía que vivía en un país para el que el estudio de las mujeres era todo un reto y una rebelión, pues algunas fases del Islam aún están lejos de querer considerar a la mujer como un igual y darles herramientas mentales para que se interesen en cualquier cosa que no tenga que ver con el hogar es de soñar.

Imagen: youtube.com

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Aunque la presencia Talibán estaba ya bastante reducida gracias a acciones militares en la zona en la que ella vivía, muchos adeptos al movimiento aún permanecían cerca y habían empezado a tener a Malala entre cejas, puesto que la pequeña de menos de quince años ya aparecía en medios, defendiendo a voz abierta, tal como le había enseñado su padre, el derecho a la educación de las mujeres, que era completamente negado por los fundamentalistas islámicos que habían empezado incluso a bombardear escuelas en las noches para que los pequeños no accedieran a la información o al conocimiento.

Iba un 9 de octubre Malala hacia su escuela, a la que claramente no quería faltar a pesar de lo que los hombres que gobernaban le estuvieran ordenando, cuando el camión en el que se transportaba fue detenido: su lugar de estudio quedaba verdaderamente cerca, pero a razón de todas las amenazas que se habían empezado a presentar contra la familia, Tooperkai prefirió enviar a su hija al colegio en lo que ella había considerado como un medió de transporte seguro y efectivo, sin imaginar el alcance que tendrían esos que querían hacerle daño.

“Mi madre me dijo: ‘Ahora que estás creciendo y la gente te conoce, no debes ir caminando, debes ir en carro o en autobús para estar más segura'”, cuenta a la BBC Malala ahora, años después de su agresión.

¿Quién podría enfrentarse a una niña? ¿Quién le haría daño a una pequeña de menos de dieciocho años?

-¿Quién es Malala?- Se escuchó antes de que un par de hombres de ”apariencia universitaria”, como los identificaría una de sus más grandes amigas y compañeras de ruta, abrieran fuego adentro del vehículo y alcanzaran a la pequeña en la cabeza, y a dos de sus compañeras en el hombro y brazo…

Tuvo que entrar a un coma inducido, y despertó en Inglaterra a mediados del mismo mes: “Abrí los ojos y lo primero que vi fue que estaba en un hospital. Veía médicos, enfermeras. Le agradecí a Dios por haberme dado una nueva vida”, dijo en entrevista para BBC.

El proceso de recuperación fue arduo: pasó por muchas cirugías, perdió la movilidad y la audición en el lado derecho de la cara, y su hogar en Pakistán dejó de ser una opción de vida de un momento a otro. Sus amigas quedaron lejos, sus dinámicas y sus conversaciones pasaron a ser horas de terapia intensiva y discursos escritos para leer en escenarios como el de la ONU, y los días de colegio entre risas de su mismo idioma y costumbres se tuvieron que transformar en clases en inglés con chicas que realmente siente que no la conocen.

Imagen: flickr.com

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Malala tuvo que convertirse, a la fuerza, en eso que ella esperaba ser cuando creciera, cuando fuera una mujer, como decimos en occidente ”hecha y derecha”, y tuvo que aprender a hacerle frente incluso los días que no lo deseaba.

Sigue pensando volver a Pakistán, aunque tenga todas las amenazas públicas del mundo (ella sabe que, si vuelve, la van a intentar matar de nuevo), pues piensa que sólo a través del diálogo las cosas se pueden solucionar, además que sabe que sus raíces, y la razón de ser quién es, están todas en la tierra que tuvo que dejar sin darse cuenta para poder vivir.

Escucharla hablar es un fenómeno fascinante: de su boca salen términos que uno pensaría no debieran interesarle a nadie a una edad semejante (desigualdad, violencia, reclusión, muerte, etc..), y el tono en el que se enuncia suena siempre a certeza tranquila, como si hablara una mujer que lleva años estudiando un tema, y no como una niña que quiere cambiar el mundo, pero también estudiar para pasar su exámen de biología. Si le preguntan por el día fatal, ella simplemente dice: “Creo que estarán arrepentidos de haberle disparado a Malala. Ahora a ella la escuchan en cada rincón del mundo”.

Una niña, una historia, una mujer.

Para admirar.

About the Author: Alejandra Pinzon

 

 

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